Junio 1973: De nuevo huntos y esperando un hijo

Soledad Silveyra (21) y Joce Jaramillo (27) esperan su segundo hijo para enero. “Nos volvimos a unir porque nos necesitabamos mutuamente. Somos muy felices. Pero un hijo no va a modificar para nada nuestra relacion de pareja.” Ella trabajara hasta septiembre. Despues, vacaciones y casa nueva.

Facundo o María Soledad nacerá para mediados de enero- Pero seguro que será varón. Ya todo el mundo me la dijo. No pensaba todavia tener otro hijo. No sé, me hubiera gustado esperar un año más. Yo vengo de un conflicto de pareja muy serio, y me hubiera gustado estar más estabilizada, me hubiera gustado que mi relación de pareja con Jose se hubiera asentado más. Pero vino. Y estoy muy, pero muy contenta. Y lo pienso tener. Quizá no tenga más hijos. O a lo sumo uno solo más, no lo sé. Pero te aseguro que un hijo no modifica nada. Absolutamente nada en una pareja. La pareja la formamos mi marido y yo. Y un hijo no me va a hacer quedar al lado de mi marido, ni me va a hacer separar.

Soledad Silveyra acaba de llegar de la agencia de los hermanos Bonanno. Va a cambiar su auto modelo 71 por otro modelo 73. “Es curioso – dice -, pero con cada embaraso compramos un auto nuevo”. Con ella llega Jose Jaramillo (27), su marido, y Celina Tolosa (18), una marplatense, estudiante de derecho, que conoció a soledad este verano y que desde hace una semana oficia de secretaria de la actriz. “Hace mucho tiempo que me interesaba conocer a Soledad – dice Celina – y un día me presenté en su casa de Mar del Plata. Nos hicimos muy amigas. Me vine a Buenos Aires para estudiar y hasta que consiga un puesto en un banco trabajo como secretaria suya. ¿Qué cosas hado? Pues principalmente manejarte el auto, porque a Soledad no le gusta manejar”.

Algo demacrada (“Los primeros meses de mi embarazo siempre me siento muy mal”), con pantalones negros, remera colorada y vincha en la frente, Soledad Silveyra, tomada de la cintura de Jose Jaramillo, espera completar los trámites para que le entreguen su flamante auto negro.

-Pero soy feliz. Mucho más feliz que en el verano. Volver con Jose fue para mí una necesidad. Para él también. Nos juntamos otra vez porque necesitábamos tenernos mutuamente. Ocurrió a fines de marzo, comienzos de abril. Yo extrañaba todo de Jose. Yo no era nada sin él. Y sobre todo, primó el hecho de saber yo positivamente que Jose me adora. Me adora de verdad. Jose me da madurez. Me hace pensar. Lo necesito terriblemente, pero no me engaño. Posiblemente lo más seguro es que nos sigamos pelando, separándonos, hasta que los dos encontremos un camino seguro. Pero eso pasa siempre con la gente que vive tan aceleradamente ...

En su cuello, cinco o seis inmensas monedas de oro del doctor Jose María Jaramillo, abuelo de Jose y diputado nacional. Otras medallas más de Silvestre Machinandiarena, también pariente de Jose. Algunos dijes, una gran bolsa red colgada del hombro. Se cansa fácilmente. Le dice a Jose que va hasta un bar cercano a comer un sandwich, y que enseguida vuelve.

-Como te dije, me siento mal durante los primeros meses. No sé, estoy vaga, duermo mucho, no tengo ganas de trabajar, quiero estar todo el día al lado de Baltazar. Es terrible, no sé lo que me pasa, pero si paso mucho tiempo sin ver a Baltazar, me muero. Ya le dije a Baltazar que va a tener un hermanito. El otro día, por ejemplo, se me paró en el estómago. “Cuidado, Baltazar – le dije – que ahí adentro hay un nene”. Se entusiasmó, se puso inquieto. “¿Dónde está? ¿Dónde está?” Me preguntó varias veces. Ahora no fumo tanto. A lo sumo tras cigarrillos por día. El médico me dijo que hasta diez me permitía, pero no tengo ganas, me vienen náuseas. Y también ahora se me dio por los antojos. Todo el día quiero tomar sopa de crema de tomates, sandwichs de jamón crudo cortadito muy fino, con manteca, y pizza.

Cuando el mozo se acerca,pide, por supuesto, uno de sus antojos. Tiene una expresión dulce, serena, a pensar de los ojeras, de la cara demacrada. Al rato entra al bar José Jaramillo. Ahora sin barba ( “Me la tuve que afeitar por una infección en el cuello”), ahora con unos cuantos kilos menos, también él con una expresión feliz, le dice a Solita que apareció una novedad, que ahora el Peugeot sale medio millón de pesos más. «Es que hace más de un mes que estamos esperando este auto de color negro – dice Solita - , por el nuestro nos dan dos millones y medio. La diferencia la pagamos un millón en seis meses. Pero ahora no sé ... Ahora sale medio millón más ...” Deliberan. Opinan. “¿Y si dejamos todo sin efecto y nos decidimos por un Fiat 128?”, dice José. “¿Y si nos tiramos a un Torino, que es la locura de mi vida?”, dice Solita. “No sé, decidí vos. Están esperando la respuesta”, agrega José. Deciden volver, y pelear juntos en la agencia. Baltazar Jaramillo, mientras tanto, un año y nueve meses, está en el jardín de infantes “Dailan Kifki”, un jardín de infantes de una prima de José, María Inés Bo de Rey, hija de Armando Bo. De 11.30 a 17 horas está ahí todos los días. Le hace bien. Ha cambiado mucho”, dice José. Nuevamente, tomados de la cintura, se alejan.

- Con “Pobre diabla”, el programa de televisión, tengo que seguir hasta diciembre. No sé, a lo mejor consigo que se me grabe algo adelantado. También estamos viendo con Alberto Migré la posibilidad de un cambio en el personaje. Un cambio para que pueda hacer el papel real de una mujer embarazada. (Ahora lanza una carcajada.) Es curioso – dice -, pero parece que mi destino es descompaginar todos teleteatros donde intervengo. Me jugué una carta muy difícil con “Pobre diabla”. Una carta muy brava. Pero por suerte me salió bien. Ahora es uno de los programas que mejor va. Está en los 22 ó 23 de rating, y siempre le ganamos al 11 y al 9. En cuanto al teatro, seguiré con “Los japoneses no esperan” hasta que pueda. Ahí, sí, ves, no puede haber ningún cambio en el personaje, porque llegar a setiembre con mucho esfuerzo. Es que me toca saltar mucho en escena, correr todo el tiempo. Y a mi, a partir de los cuatro meses, se me empieza a notar muchisimo la panza ...

En la agencia, finalmente, después de discutir un largo rato, concretan la operación. “Ahora deberán esperar un rato porque están lustrando el auto”, dice uno de los Bonanno. Hay un ramo de rosas rojas y dos botellas de champagne, sobre un escritorio, para Soledad Silveyra. Le pregunto a José Jaramillo sobre su futuro hijo, sobre los nombres, sobre lo que está haciendo ahora. “Todavía no sé qué nombre me gustaría ponerle. Pero si es varón, no me gustaría Facundo.” Abren un ejemplar de “Satiricón”- Entre las guías aconsejadas para ser “un moderno de la gran siete”, figura el ponerle a los hijos Facundo o Juan Manuel. Los dos ríen. “Esto nos cambia todo el panorama”, dice. “En cuanto a si pienso que el hijo nuevo va a mejorar nuestra pareja – agrega José – pienso que no- Que los hijos nada tienen que ver con la pareja. Que la pareja va a depender siempre de nosotros dos, prescindiendo del número de hijos. Pero sí, estoy muy contento con el que va a venir. En cuanto a mis actividades, sigo, con mucha calma, estudiando sociología. Empecé de nuevo la carrera en la Facultad de Filosofía y Letras estatal. En el Salvador había hecho hasta tercer año, pero de pronto me di cuenta que no había aprendido nada. Que tenía que volver a cero. También estoy montando una agencia inmobiliaria con un señor Blake. Yo ya había trabajado en eso, así que tengo muchos e importantes contactos. Y, además, estoy ayudando a un amigo en un Centro de intercambio Cultural Internacional, un centro para estudiantes secundarios, con idioma inglés básico, que quieran ir dos o seis meses, o un año, a los Estados Unidos, a vivir y a estudiar. Son becas que otorgamos.

Soledad insiste que se siente muy cansada. “Falta muy poco – le dicen en la agencia -, le están dando al auto las últimas lustradas”. Hay otra vuelta de café.

- Ahora me atiendo con otro médico. Me atiendo con le doctor Pujato. El anterior, Iracia, excelente ginecólogo, sólo atiende en la Pequeña Compañía de María. Y a mi no me gusta el régimen de ese sanatorio. Casi nunca me dejan ver al chico. En cambio Pujato atiende en el instituto del Diagnóstico. Tengo miedos, claro. Miedo, por ejemplo, a que no nazca bien. Ahora mucho mas, porque yo tomé pastillas anticonceptivas. Miedo a que no venga normal. Pero eso es bastante común en quien va a ser madre. También tengo miedo a sufrir en el parto, como sufrí con Baltazar, que nació con 4 kilos 520 gramos. Pero no quiero pensar en eso. Cuando llegue el momento lo afrontaré. No tengo más remedio. Te voy a decir muy secretamente, muy en el fondo de mí misma; a mí me gustaría que nazca mujer. Tengo dos sobrinas, Támara y Victoria las dos de un año, y vivo comprándoles cosas. Me encantan las mujeres. Finalmente el auto. Negro, flamante, reluciente. El ramo de rosas y el champagne en el asiento de atrás. Hay alegría» emoción en esa entrega. Soledad se sienta, prueba los asientos, José prueba los cambios, las luces, los frenos. "Falta la radio, Falta el encendedor", dice de pronto Celina. Deciden volver al día siguiente. Primera, segunda, tercera y el auto nuevo, flamante, reluciente, toma por avenida Montes de Oca. "Buen volante", dice José. "Es un auto bárbaro", dice Sólita, Los dos están de acuerdo en que e! auto anterior ya no podía más. "El 25 de mayo —dice Soledad— cargamos en él a más de diez personas". "Además, yo tenía miedo de que en cualquier momento se me quedara por la calle. Ya no podia más.. ." Hay olor a pintura fresca, a tapizado nuevo. "Espero que tengamos más suerte que David Stivel —dice Soledad—, porque a la semana de entregárselo tuvo un choque fenomenal. Ahora lo tuvo que dejar nuevamente para que se lo arreglen". En cada bocacalle ella se pone tensa, dice "Cuidado", "Es raro en mí —agrega— tantos nervios, seguro que se deben al embarazo", José se detiene un momento en Carlos Pe-llegrini 979. Sube raudamente hasta el tercer piso. Entra en la oficina que lleva el número 12, averigua qué novedades hay en el Centro de Intercambio Cultural Internacional y vuelve a bajar. Otra vez primera, segunda, tercera y el auto nuevo, negro, reluciente, se dirige a la calle Junín al 1500, donde viven. "No veo las horas de llegar para ver a Baltazar", dice Soledad. A las nueve en punto de la noche —recuerda de pronto— debe estar en la casa de Heny Trailles» porque hoy es el cumpleaños.

—No sé. Se dijeron muchas cosas feas sobre mí, sobre Claudio y sobre José en este último tiempo. Incluso se llegó a asegurar que me casaba con Claudio en el Uruguay. Fíjate vos, yo creo que ésa es una cosa de mala fe. Que ése no es un error periodístico, ése es un error humano, A Claudio hace mucho que no lo veo. La última vez fue cuando presentamos el disco. Sí, si, ya sé que mucha gente ahora, cuando se entera que Soledad Silveyra va a ser nuevamente mamá, pregunta de pronto de quién es el hijo. Bueno, para saciar el morbo de esa gente le contestaría que el hijo va a nacer con una cicatriz en la cara. La misma cicatriz de Claudio. . .

Ríe ahora con ganas de (a broma, El ascensor está subiendo hasta el piso noveno. Ya desde el ascensor Soledad grita; "Balta, Salta". Cuando llega al palier, Baltazar —sombrero de cowboy en la cabeza, delantal a cuadritos celestes, flequillo rubio— espera con la puerta abierta. Hay sonrisas, carcajadas, abrazos. Se tiran al suelo, juegan al zorro. Baltazar hace varias veces pum, pum con la mano y Soledad, muerta, se estira sobre la alfombra. Desde el último verano este niño ha crecido como cinco años en picardía, Un rato después llega José —que había quedado en la cochera comprobando por qué su auto nuevo, negro y reluciente calentaba tanto— y la escena se repite. Se abre rápido el champagne. Un rato al congelador y después los brindis. Por el auto nuevo, por el hijo nuevo, por Baltazar.

—Quiero que mi hijo llegue a ser un ser humano pensante, que sepa querer y que ame mucho a su país. Espero para mi hijo una patria socialista nacional, dirigida por un joven, ya que cuando él tenga 18 o 20 años posiblemente los conductores actuales ya no existan. Si tuviera que elegir para mi hijo una virtud, una sola virtud entre muchas, elegiría la honestidad. Porque para mí, la inteligencia no es fundamental en la gente. En cambio la honestidad si y, además, no es tan frecuente como parece. Después que nazca María Soledad o Facundo me voy a mudar. Un dúplex —pisos 15 y 16— en la avenida Pueyrredón entra Vicente López y Suido. Este departamento ya nos queda muy chico. También hasta que nazca el nuevo niño posiblemente alquile una quinta cerca de la Panamericana. No sé, tengo que hacer cuentas. A lo mejor también me vaya en diciembre a Punta Ballena a descansar. Todo depende del trabajo y de cómo me sienta. Estoy llena de proyectos. Pero el más importante de todos es mi nuevo hijo. El hijo que nacerá para mediados de enero y que se llamará María Soledad, si es mujer; Facundo, si es varón, que será, seguramente, muy honesto y que aprenderá a querer. A querer mucho.

Ahora, en el cuarto de los juguetes, Soledad toca la guitarra, Baltazar con un banco en la cabeza baila y José los mira. En el congelador el champagne se enfría. En la cochera, el auto negro, nuevo, reluciente, descansa. Aquí toda la imagen de un matrimonio de una pareja que está pasando por un buen momento.

RENEE SALLAS