Los hombres no se me arriman

En estos días, Soledad Silveyra (45, divorciada, dos hijos) está viviendo en un palacio de 45 habitaciones, 20 baños, escaleras de mármol interminables y un salón de fiestas de 500 metros cuadrados. Es el Sans Souci, el mismo que fue propiedad de la familia Alvear y está en el norte del Gran Buenos Aires, más allá de San Isidro.

Desde los balcones de su living, en el segundo piso, Soledad ve el porque de dos hectáreas, la pileta de natación y varias estatuas, entre ellas la de un Pensador, que no es el de Rodin; después de todo, tal vez haya en este mundo más de un hombre que piense. Soledad se mudó al Sans Souci porque vendió su casa en el centro de Buenos Aires por dos razones: una, que sus hijos Baltazar y Facundo Jaramillo ya tienen 26 y 24 años y pretenden arreglárselas por su cuenta. Los va a ayudar a comprar departamento, pero también ella quiere que vuelen con sus propias alas. La segunda razón es que prefiere los grandes espacios, rodeados de árboles centenarios, y ser despertada por el canto de los pájaros y no por la bocina de los colectiveros. Se la ve alegre a Soledad. Vale la pena destacarlo, porque por lo general es una mujer triste. Con todo, tiene una mirada melancólica, que arrastra de una infancia en la cual, admite, "no fui feliz. No tuve infancia, y desde los 12 años salí a trabajar". De esa infancia sin padre le quedó una necesidad de amor que, dice, resuelve con su vocación: -Trabajo de actriz para que la gente me quiera. Hago todo lo que hago para que me quieran. Como actriz, reconozco que en mi profesión lo único que buscamos es el aplauso; es nuestro premio. Y como persona, también. ¿Sabes?, el teatro me dio la posibilidad de estar viva con la alegría, fue mi terapeuta, me salvó de la tristeza y me hizo sentirme un poco amada. -¿Y qué te quitó? -Me quitó una infancia feliz, eso la yo sabes. Y tal vez el no tener un compañero a mi lado durante muchos años. ¿Por?

-Porque mi profesión tiene sus complicaciones, no es fácil, Tenes más problemas de relación que otras personas porque vivís al revés de la gente, tenes el horario al revés. Por lo demás, no tengo relaciones íntimas con compañeros de trabajo; soy muy rigurosa en ese sentido. Y, además, los hombres se me arriman poco. Pero estoy muy bien sola. Y me acabo de comprar un auto, mi primer cero kilómetro. -No me cambies de tema. Qué vas a estar bien sola. ¿Por qué estás sola? -Me siento en un momento muy pleno en mi vida, muy de cambios. De buenos cambios: empiezo a vivir sola, lo cual es como volver a nacer, y eso me parece macanudísimo -dice. Agrega: -Además, tengo mucho trabajo en estos días. Eso es rigurosamente así: además de su debut en la obra teatral Perla, que protagoniza, el 16 de marzo comienza en una tarea nueva para ella, la de conductora de televisión en el programa Útilísima, por Canal 13, por lo cual ganará muy bien, aunque no quiere decir cuánto.

-¿Y te ves bien como conductora en tevé? -Bien, pero déjame contarte: el otro día me paró un señor, en la calle, y me dijo: "No te veo haciendo Útilísima, Soledad. Es como si Federico Luppi me cantara por radio los goles de un partido de fútbol... es un desperdicio". Y una señora me recriminó: "¿Cómo vas a hablar de cocina si nunca estuviste en tu casa?". No me molesto, pero me pareció injusto, no sólo porque siempre me ocupé de mis hijos, sino porque soy buena cocinera. Soy muy buena con la salsa. -Sí, te he visto bailar.,,

-No te hagas el chistoso. Hago unas salsas buenísimas, riquísimas.

-Pero, digamos, como en aquella vieja canción: "Que sepa coser, que sepa bordar, que sepa abrir la puerta para ir a jugar...", elegís abrir la puerta, ¿no? -Claro, es más divertido.

A esta altura del reportaje conviene una aclaración. Entrevistada y entrevistador se conocen desde hace tres décadas. El tiempo no ha cambiado a Soledad. Sigue flaquita, con aspecto y sonrisa casi adolescentes; se supone que alguna cirugía ayudó, pero ésa no es la cuestión, sino otra:

-Sólita, tus hijos tienen edad para ser padres. ¿Te va a molestar ser abuela?

-No, no me molesta para nada la palabra abuela. Me encanta, y es una de las cosas que más quiero. Me recrimino todos los días el no haber tenido una hija mujer. Pero los chicos no están por casarse. Me va a gustar ser abuela, me dan una gran alegría los chicos... fantaseo con ese momento, con tener un lugar para poder reunimos todos, con tener a mis nietos... Me muero de placer. -¿Tenes buena onda con la gente que te habla en la calle? Te lo pregunto porque a muchos actores es como si eso les molestara... - ¿Cómo me va a molestar?! Al contrario, yo estoy triste y salgo a caminar por la calle... A mí la gente me hace bien, me saluda, no me molestan los besos, para nada; las manos, el contacto con la gente, terminar toda babeada después de saludar a treinta pibes me hace bien, no hay manera de que me moleste. Yo no padezco el cariño de la gente:lo disfruto.

-Y el cariño particular y privado?Antes te pregante por qué estás sola y no me contestaste. -;Sabes qué? Lo que pasa es que no salgo a ningún lado. Voy del teatro al palacio y del palacio al teatro (se ríe). Mira, en estos días estoy disfrutando de mi soledad. Además...

- Además?

-Además, soy muy geisha. Yo me ocupo demasiado del otro. Cuando me enamoro, cuando tengo una pareja, vivo para el otro. En una de ésas tendría que encontrar a alguien que sea como un geisho, pero no abundan, no. No te aflijas: ya te dije que me llevo bastante bien conmigo misma. Y no estov tan sola. Vienen amigas, mis chicos, el hijo de mi hermano Maxi... y... trato en lo posible, de no atosigarme, porque 110 me da el cuerpo, ni el alma. Una cada vez se compromete mas con lo que hace y lo que siente, y cada vez sufre más. Yo pensé que, con los años, se sufría menos, ¡pero es cada vez más! ¡Hasta cuándo se va a sentir una así!

-No sé. ¿No tenes ninguna fantasía?

-Sí. Los otros días leí que García Márquez, el premio Nobel, había escrito un libro de cocina cuando tenía veinte años. Bueno, sería brutal que Útilísima me mandara a hacerle una nota a García Márquez. -¿Y de qué hablarías con él?

-De las tortas de chocolate, pero hechas con amor. Porque sin amor, nada vale la pena.

Gente 1997