Solita y entre hombres

Soledad Silveyra protagonizará "Las visiones de Simone Machard", una obra de Brecht poco conocida que se estrena la semana próxima en el Alvear, con la dirección de Robert Sturua.

Puede que el repertorio teatral de Soledad Silveyra, cosechado a lo largo de tantos años de carrera, sea uno de los más eclécticos de la Argentina.

Desde Noel Coward hasta Griselda Gambaro, pasando por Brecht y comedietas de verano, esta mujer madura de aspecto eternamente aniñado hizo de todo, incluyendo "Sylvia", un fracaso estrepitoso que la dejó (una vez más...) en bancarrota y frente a lo cual no apeló al viejo truco de atribuirlo, como lo hacen algunos de sus colegas, a una conjura orquestada por los críticos. (Chapeau.) Trabajar tanto responde a una vocación, pero también a necesidades de lo más pedestres: se sabe que Soledad siempre tuvo que hacerse cargo de los gastos de su familia. Igual, uno nunca termina de creerle cuando la escucha decir, como desde hace años, que así no quiere vivir más.

"Así" significa exactamente que llega a la entrevista con diez minutos de retraso, pidiendo disculpas a los gritos desde la puerta del bar y con el mismo ritmo agitado propio de quien está a punto de perder un avión.

En los diez minutos siguientes el paso de carga no cede: apura un café y sale como una tromba, tanto que casi lo atropella en la vereda al director georgiano Robert Sturua, responsable de la puesta de "Las visiones de Simone Machard", de Brecht, que se estrena el 19 en el Alvear.

El hombre balbucea en un castellano oscuro y, una vez que se despide, Solita enfatiza, al borde del sarcasmo: "Entiende todo. Y te marca todo, todo, todo".

-¿Cómo es eso?

-El tiene una composición muy hecha de la obra, armó una partitura, de tres bocadillos te hace una escena (y se ríe). Me causó gracia lo que me dijo Graciela Galán: "Cada vez que vengo hay una escena nueva dentro de otra escena, de otra y de otra." Y eso, obvio, le va sumando cosas a su trabajo de escenógrafa. Robert va construyendo todo el tiempo y eso está contado con la gestualidad. Nuestra tarea es unir la palabra con el gesto, que eso sea armonioso, que llegue...

-Que marque tanto, ¿está relacionado con su escaso dominio del castellano?

-No, con el Rustavelli es igual, salvo que con sus actores trabaja desde hace muchos años. Esa relación de trabajo seguro que es más rápida, más eficiente. Pero nosotros, aun con nuestro desconocimiento, igual estamos construyendo un mundo maravilloso.

-¿Cómo se lo actúa a Brecht?

-A partir de que Robert hace un trabajo de marcación muy profundo, uno tiene que ir incorporándolo y que vaya siendo verosímil. Sé que algunos van a decir que estoy loca por decir esto, pero igual lo digo: tengo que copiarlo a Robert. Luego hay que ponerle la emoción y lo que nos pase por el cuerpo, nuestra propia historia. Hasta ese punto del trabajo, estamos en Shakespeare o en Stanislavski. Ahora, después de eso, viene Brecht.

Otra historia

-Brecht tenía una concepción muy personal sobre la actuación y las emociones.

-La última etapa del trabajo es llegar al distanciamiento. Nos quedan unos días hasta el estreno y estamos empezando a trabajar esa parte. Porque cada emoción tiene que transmitir una idea. Me fascina cuando Robert dice: "Quiero que al teatro vengan el obrero, el intelectual y el profesional y que -cada uno a su manera- todos entiendan".

-Es un desafío actuar así, porque la cepa de los actores argentinos viene de una escuela realista.

-Sí, toda la compañía está muy conmovida. Robert es una persona tan educada, tan exquisita, tan alegre, tan respetuosa del trabajo del otro... Es un osito de peluche.

-Tenés una ventaja sobre tus compañeros: ya trabajaste con él, en "Madre Coraje".

-No soy la única: en ese elenco también estaban Jean Pierre Reguerraz y Emilio Bardi.

-Esta es una obra de Brecht poco representada. ¿Vos la conocías?

-No, me la mandó Sturua. En la primera lectura ya me gustó muchísimo. Es una obra para Robert, para dispararse a partir de lo que dice el texto y hacer una cosa totalmente distinta. Construyó un relato muy interesante. El resultado dependerá de cómo la hagamos nosotros.

Entre la patria y el taxi

-El personaje protagónico es una púber y lo hacés vos...

-(Muerta de risa) Sí, me siento de quince, como dice la tapa de la revista Pronto.

-¿Lo dice esa revista o lo dijiste vos?

-(Más risas) No, no lo dije yo, no soy tan irrespetuosa, porque ni siquiera haciendo de Simone Machard me siento de quince. Ella tiene un sentido patriótico, algo que se nos está acabando. Nunca estuve tan indignada un 25 de mayo como éste último. No se notó en ningún lado. Simone ve caer a su patria (Francia), la dignidad de su gente y no lo acepta. Vive leyendo cosas sobre Juana de Arco y a la noche sueña con ella.

-¿Son sueños o son pesadillas?

-Según de donde se mire. Si con una pesadilla conseguís algo bueno, bienvenida sea, si ese sufrimiento sirve para que los demás se transformen en otra cosa. Ahora, si queda en puro sufrimiento, no sirve.

-¿En la obra sirve?

-(Duda) No sé. Ella cree que sí, pese a su final, duro. Ni siquiera es juzgada, como Juana de Arco. A Simone nunca van a convertirla en santa, va a quedar en el olvido...

-Los herederos de Brecht son duros en cuanto a los derechos. Ustedes tuvieron problemas...

-Sí. Hay un escrito de Brecht donde él sugiere (no ordena) que la actriz tiene que tener 14 o 15 años. Por eso la obra se hizo pocas veces: es muy difícil encontrar a alguien de esa edad que esté en condiciones de hacerla. No sé: tendría que aparecer un ángel. Robert me dijo que ya habían arreglado ese asunto.

-Sturua dice que hay que revisar a Brecht, ¿les explicó qué?

-El considera, por ejemplo, que esta obra fue escrita a propósito del nazismo; y hoy, si bien el nazismo está presente en el mundo, eso que muestra la obra está puesto en otra cosa. Robert busca elementos que acerquen la obra a esta sociedad. Por eso sacó a los alemanes. En su puesta no se sabe quién es el enemigo, no tienen bandera, es inventada. Es atemporal, o en el tiempo de una supuesta tercera guerra.

Volver en taxi

-Con García Satur estás haciendo un piloto para TV.

-Yo trato de no decirlo mucho porque, si después no se vende, no queda muy elegante. Yo digo: "Voy a hacer un piloto con Omar Romay". Es una comedia, de una hora. Se se llamaría "Socios", con libro de Atilio Veronelli. Ya me mostraron el primer corte y está bien. Me causa gracia porque, en una toma, nos encontramos con Claudio a las puteadas y nos ponen de fondo la música de "Rolando Rivas" (y canta aquello de "Vivir enamorados..."). Está bárbaro, como hace 25 años (y estalla en carcajadas).

-Y con Satur también vas a hacer teatro. Vuelve el taxi con todo.

-(Risas) Todavía no sabemos si Claudio va a estar en ese proyecto. Si hacemos televisión juntos, preferiríamos no hacer teatro. Es una obra brasileña,"La Pérola". Para acá se le está buscando un nombre estilo "La Graciela", "La Susana", o algún otro de esa generación. Me hace acordar a "Esperando la carroza". Por eso propuse que la dirigiera Alejandro Doria.

Soledad había dicho hace poco que estaba chocha porque iba a independizarse (!): sus dos hijos se quedarían viviendo en casa de Solita, y ella haría las valijas con rumbo al bulín propio.

Hasta ahora, no pudo ser. "Pensé que iba a hacer televisión y, entonces, iba a poder comprar mi cucha. Pero, como de costumbre, sueño antes de que llegue la mano. Ya va a llegar."

-¿Y qué vas a hacer cuando cumplas dieciséis?

-Me voy a ir a una fiesta en el Liceo Naval -remata con la más seductora e irresistible de sus sonrisas.

Pablo Zunino

La atracción fatal de vivir endeudada

Soledad Silveyra es como una especie de versión porteña de Lucille Ball : ambas se parecen en la capacidad de entusiasmarse con empresas francamente improbables, sobre todo desde el punto de vista del éxito comercial.

Hace pocos días entró al viejo y querido teatro IFT, que, como cualquier sala independiente, siempre está en peligro. Allí tienen lugar los ensayos de "Las visiones de Simone Machard". Una vez más reparó en las paredes cargadas de historia de la sala de la calle Boulogne-sur-Mer y, de puro impulsiva nomás, empezó a gritar: "Yo tomo al IFT, yo lo tomo".

Por supuesto que parientes, amigos y compañeros de trabajo entraron en pánico, salvo los integrantes de la comisión directiva del IFT, que a la noche ya estaban llamándola por teléfono.

"Habrán pensado que estoy loca, cosa que es verdad, o que tengo la plata de Susana Giménez. Yo les contesté que sólo había sido una expresión de deseos", remata con traviesa sonrisa de "yo no fui".

Los dos mundos de un gran director

Los actores argentinos, según el georgiano Robert Sturua, que dirige el próximo estreno de Brecht.

Soledad Silveyra, Emilio Bardi y Jean Pierre Reguerraz están sobre el escenario del IFT, lugar temporario de ensayo hasta que puedan disponer del ámbito del Teatro Presidente Alvear. En la platea, frente a una pequeña mesita donde hay tentadores dulces, está Robert Sturua, director georgiano, a quien el público porteño conoció al frente de la compañía de teatro Rustavelli.

No está solo: como una sombra, lo sigue Ana María, traductora y mediadora entre actores y director.

Aunque Sturua se expresa en ruso, cada tanto se permite intercalar alguna palabra en castellano. "Con los taxistas me hago entender perfectamente", explica.

Pero dentro de la sala el tema de conversación es la obra, durante seis horas diarias de ensayo, seis días a la semana. Sturua se muestra tranquilo y paciente, hasta que el genio y la necesidad lo impulsan a subir al escenario y mostrar lo que quiere. "La energía que pongo en esta obra es muy grande", reconoce.

Están preparando una versión libre de las "Las visiones de Simone Machard", pieza poco conocida y poco representada de Brecht.

"Es una obra no muy buena desde la lectura -aclara el director-. Al principio toda la acción transcurre en un garaje, donde está latente el tema de la guerra. Detrás de esto, a partir de la lectura, se descubren temas más radicales de nuestra existencia, pero todo lo que propone Brecht se mantiene. Se enfoca con un punto de vista que es más actual, más moderno. El tema que trata la obra me inquieta, me preocupa".

-¿Es difícil dirigir a actores con otro idioma y otra idiosincrasia? -Tengo dificultades por la existencia de la televisión argentina. Muchos de los actores están simultáneamente trabajando en la televisión y a veces llegan a los ensayos después de trabajar muchas horas en un estudio, o llegan tarde. Igual, comprendo sus necesidades.

-¿No sucede en otros países?

-En los que yo trabajé, no. Ni siquiera en mi país, donde los actores en estos momentos son muy pobres. Los actores de acá le dan prioridad a la TV. En Georgia, el actor siente que el éxito es dudoso. Si tiene que elegir, siempre va a preferir el teatro, aunque gane menos dinero.

-¿Y en materia actoral?

-Los actores argentinos son buenos, pero la televisión impone un estilo que no sirve para el teatro. Es difícil sacarles algunos vicios: hablan bajito; y hablan, no actúan. Me gustan los actores argentinos, pero tienen una tendencia a trabajar un realismo que no es el verdadero realismo. El que intentan es un poco superficial, por influencia de la TV.

-¿Vio espectáculos?, ¿qué le gustó?

-Vi algunas obras, pero me interesaron aquellas en las que está muy definido el estilo del espectáculo, como "Lulú ha desaparecido", de Alberto Félix Alberto.

-¿Volverá el año próximo a poner "El jardín de los cerezos"?

-No creo que el Cervantes lo haga, porque ya está previsto para el San Martín y no tiene sentido hacer dos puestas.

Sturua trajo aquí, en 1987, con la participación del Rustavelli, su versión de "Ricardo III", en ruso.

-Ya hay dos versiones fílmicas y un inminente estreno en el San Martín. ¿Por qué supone que hay tanto interés en esta pieza?

-Será porque ya es fin del siglo y se están sacando conclusiones sobre los sistemas dictatoriales, pero los peligros no están eliminados. Las grandes personalidades tienen que tratar de entender por qué sucede eso. Quizá sea éste el atractivo de "Ricardo III".

La puntualidad para comenzar los ensayos es tema de preocupación, sobre todo porque Sturua estará ausente unos días, para acompañar a la compañía Rustavelli a un festival de Israel, con "Macbeth", de Shakespeare.

"No puedo faltar", agrega, y con este comentario obliga a finalizar la conversación con un tema de otra realidad, para él mucho más cercana y más dolorosa.

-¿Cómo está actualmente el teatro en Georgia?

-Aunque parezca extraño, la situación es muy buena. Después de los sucesos dramáticos que vivimos, hay nuevos aires. Pushkin decía: "Cuando los cañones hablan, las musas callan". Bueno, no fue tan cierto en Georgia. Hay muchos nombres nuevos y el gobierno trata de subvencionar en la medida que puede. (Se queda pensativo un segundo y concluye con una sonrisa que no puede evitar un leve matiz irónico.) Nosotros no tenemos teatros privados.

Susana Freire

9 de junio de 1997

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