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"No me asusta la muerte y se que voy a estar divina hasta el final" Tras descubrir que padece un enfisema pulmonar, Soledad Silveyra cuenta como aprendió a buscar otra calidad de vida
ara ella, éste es un año con sabor a revancha.
Después de una temporada televisiva difícil como parte del elenco de “El Deseo”, la telenovela que encabezó Natalia Oreiro y que no obtuvo los resultados esperados, volvió al género como protagonista de “Amor en custodia”, la tira que se convirtió en uno de los grandes éxitos del año. Entonces, Soledad Silveyra comenzó a celebrar un logro por partida doble que bien podría sintetizarse en dos números. 26,2 son los puntos de rating que alcanzó su novela. 53 son los años que ella confiesa y que la convirtieron en una de las pocas mujeres maduras capaces de protagonizar una historia de amor en una televisión que sólo parece aceptar a las chicas jóvenes como cabeza de elenco. Todo un desafío frente a una costumbre que parecía haberse instalado como regla indiscutible.
Pero en medio del éxito, también enfrentó un momento difícil cuando su salud empezó a debilitarse. Después de cuatro días de internación, los médicos le diagnosticaron un enfisema pulmonar, un daño irreparable en sus pulmones que sólo podía detenerse si dejaba de fumar. “Salí del sanatorio y dije: ‘Silveyra, si te falta el aire, te morís’. Y me propuse dejar de fumar. Y por ahora no volví a tocar un cigarrillo”, dice. Porque ella asegura que le tiene miedo al fracaso pero los hechos indican que mucho más es lo que el fracaso le teme a ella.
Puesta a recordar, Soledad Silveyra repasa el último mes de julio y una mueca de disgusto aparece ahí donde hasta hacía unos minutos había una sonrisa. “Algo no estaba bien en mi salud”, cuenta. “Trabajé un mes y medio sintiéndome mal, con fiebre, con mucha tos. Sentía que me faltaba el aire. Sin embargo, seguía adelante porque no podía parar con las grabaciones de la novela. Hasta que en la producción me dieron unos días para que me hiciera unos estudios. Me interné cuatro días y me encontraron un enfisema en estado uno, que es el más leve. Después me explicaron que se trataba de unos agujeritos que se te hacen en el pulmón que no vuelven a cerrarse. El daño queda. Pero para que no empeorara tenía que dejar de fumar. Estaba fumando mucho, más de un atado diario”.
—¿Tuvo miedo de morir?
—No. Si hay algo a lo que no le tengo miedo es a la muerte. Es más, me podría morir mañana mismo. Pero si para todo el mundo respirar es vital para una actriz tener una buena respiración es fundamental.
—¿Tampoco al deterioro físico?
—Bueno, por eso dejé de fumar. Para que mi salud no empeorara. Ojalá lo pueda mantener. Por ahora no fumo más. ¿No ves cómo estoy agarrada a mi botella de agua mineral? Se ha convertido en mi mamadera. La botella de agua es mi gran aliada.
—¿Le resultó difícil?
—Jamás imaginé que fuera tan difícil. Empecé con una pastilla. Es un medicamento que ataca la adicción a la nicotina directamente en las neuronas. Se pueden tomar durante tres meses. Hay gente que con eso solo, deja. Yo ya llevo un mes. Además, me metí en un curso para dejar de fumar. Por eso le quiero agradecer a Rolando de Acasusso y a todo el grupo que me ayudó tanto. Iba los sábados y algún día de semana. Desde que dejé el cigarrillo no voy más, pero llamo a mis compañeros para ver cómo les va. De veinte, dieciocho dejaron.
—¿Cree que si no se hubiera asustado tanto habría dejado de fumar?
—Nunca me lo había propuesto por miedo al fracaso. Pero en un momento supe que tenía que enfrentarme a esa tarea sí o sí. Ahora estoy ejercitando mi voluntad y me hace sentir muy bien saber que puedo. Pero me doy cuenta de lo terrible que es. Jamás pensé que fuera tan difícil. Igual, ya me siento mucho mejor. Como reemplacé mi compulsión al cigarrillo por la compulsión al agua, la piel me cambió en dos semanas. Es impresionante la diferencia. Me despierto con más energía, duermo mejor. Estoy sorprendida con el cambio. Y eso que estoy muy exigida con mi trabajo. Grabamos muchas horas.
—Pero el éxito de “Amor en custodia” es su recompensa. Sobre todo teniendo en cuenta que es una novela que apostó a una pareja protagónica de más edad que lo habitual.
—Es cierto. En las telenovelas brasileñas y colombianas hay un mayor protagonismo de la gente grande. Pero acá, salvo las tiras costumbristas, la novela de la tarde parecía ser patrimonio de los jóvenes. Hasta que llegó esta pareja que hacemos Osvaldo y yo.
—¿Y eso le genera orgullo?
—Y, cuando la gente me dice que sigo siendo la misma que hace treinta años me da cierto placer. A mí siempre me importó más que la cabeza me funcionara mejor que la cola. Y que esto pase ahora es fundamental. Me tranquiliza. Eso no significa que cuando hago una escena en la que me tiro a la pileta no busque ver de qué manera mi cola sale mejor. No significa que no haga gimnasia y no vaya a atenderme con Carlos Pisanú para tener las cosas en su lugar. Yo sé que voy a estar divina hasta que me muera. Pero no lo busco con la desesperación de antes. Siento que el ego me ha bajado mucho. Por ejemplo, no tengo una sola foto mía en casa. No necesito verme todo el tiempo. De pronto, voy a casa de compañeros míos donde hay un escritorio con ochenta mil fotos divinas. Yo cuando necesito hacer un video familiar tengo que llamar a CARAS para que me den las fotos. Pero no tengo ese altar que muchos actores tienen.
—¿Cuándo lo tuvo?
—En realidad, pensándolo bien, creo que nunca lo tuve. Pero tenía mayor necesidad de exponerme.
—Ahora prefiere saber que valoran más su cabeza que su cola.
—Sí, aunque lo que más me importa es la mirada que yo tengo sobre mi persona. Yo soy una mujer que se mira al espejo. No como se mira Nacha (Guevara), que igual es una mujer que me cae tan bien. Me miro para verme los defectos. Por eso llevo conmigo un espejo de aumento. Ahí te ves todo. La mínima arruga aparece multiplicada por catorce. Eso habla de mi exigencia. Soy una mujer con una profunda autocrítica. Y creo que la gente me ve como yo me veo en ese espejo. Además, no me engaño. Sé que cuando duermo se me hace una arruguita acá, en el pecho, y lo primero que hago es mirarla. No ignoro algo que se va deteriorando.
—¿Y qué siente?
—Y… que el tiempo pasa. Igual me siento bien. No trato de luchar contra el tiempo, prefiero tratar de acompañarlo. Tal sea que dejé de pelear contra el tiempo para luchar contra la adicción al cigarrillo. Pero me da terror caer en el ridículo. Me daría terror que la gente me viera como una vieja ridícula. Me cuesta entender algunas cosas que pasan hoy. Entre otras el deterioro al que se llega en esa búsqueda de la juventud eterna. Será que tengo una mirada más romántica de la realidad. Tal vez sea una herencia del colegio de monjas en el que me eduqué. A mí hay cosas que me encantan de esa formación. Me gusta prestarle atención al cuerpo, cuidar mis despertares, me gusta la conquista amorosa. No me entrego fácilmente a un hombre. Tanto que el otro día decía que jamás usé un profiláctico.
—¿Nunca?
—Nunca. Porque tuve pocos hombres y, en mi época, profiláctico usaban las prostitutas. Y cuando decido tener una relación con un hombre es porque siento que hay una gran confianza, que sé hacia donde voy. Todavía no aprendí a separar el sexo del amor. Tal vez sea porque nunca apareció un hombre que me clave los ojos de una manera que me induzca a dejarme llevar sólo por su mirada.
—Desde que terminó su última relación con Mariano Franco (33), ¿nunca volvió a enamorarse?
—Nunca. Hace dos años que estoy sola y no lo puedo creer. Ni siquiera me he cruzado con una mirada que me conmueva. Y lo digo tranquila. Evidentemente necesitaba dedicarme este tiempo. Y no extraño nada.
—¿No?
—Bueno, de repente cuando veo una pareja abrazarse en una esquina pienso que estaría bueno que eso me pasara. Pero en todo caso lo que extraño es sentirme abrazada, abrazada por un buen par de brazos. Pero por suerte tengo hijos y sobrinos.
—¿Y qué hace en el tiempo libre que le dejan los hombres?
—Me ocupo de mí. Ahora puedo dormir con cremas en la cara y con pelos en las piernas sin problema. Y así estoy bien. Tal vez tenga que ver con este momento especial que estoy viviendo.
—¿Un momento especial?
—Es que en los últimos años perdí mucho en el terreno material. Y un día pensé que no podía ser que hubiera pasado medio siglo y no tuviera un mango. Entonces pensé que había llegado el momento de recuperar. Ahora estoy tremenda. Nunca supe ahorrar y ahora estoy aprendiendo. Estoy decidida a ahorrar. No quiero depender de nadie en mi vejez. Entonces, trabajo tanto que cuando llego a mi casa prefiero encontrarme con alguien que me haga una sopita y me de la clara de huevo que con una pareja.
—¿No le da miedo terminar siendo una vieja rica pero sola?
—No, creo que en cualquier momento puede aparecer el hombre del que me enamore. Sé que va a aparecer.
—¿Necesita que la cuiden?
—Sí, pero también puedo estar sola. Siempre fui yo la que pagó la casa, la que salió al frente. Por eso muchas veces me gustaría encontrar a un hombre que se hiciera cargo de mí. Me gustaría enamorarme de un hombre que me diga: ‘Vení, Solita. Decime qué querés hacer’. Que me cuide y que me mime. Que me lleve a pasear y que yo sólo tenga que subirme. Que el que me lleve sea él.
—¿Tiene la fantasía de enamorarse de un hombre que le salve la vida?
—No, yo la vida me la salvo sola. Muchas mujeres me dicen: ‘Pero nena, vos podrías tener un hombre que te mantenga’. Y sé que hay muchas mujeres que lo hacen. Yo dudo de que alguna vez me enamore de un hombre poderoso. No me gustan. El poder viene acompañado por cosas que no me gustan. En general esa clase de gente está acostumbrada a que las cosas se hagan como quieren ellos. Y yo no me imagino aceptándolo todo. Pero nunca se sabe. Tal vez me enamore de un hombre y termine dejando todo para irme detrás de él.
—¿Dejaría todo?
—Sí, dejaría de trabajar. Al menos por un tiempo. ¿Ves? Por eso te decía lo del ego. Ya no tengo esa necesidad de verme en pantalla todo el tiempo. Ojalá me enamore de un hombre que pueda ofrecerme un sostén económico como para que pueda dejar todo e irme detrás de él.
Por Viviana Andón
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