Una nueva Soledad

Feliz con su regreso al teatro, Soledad Silveyra luсe más serena. Dice que ya no se obsesiona con la mirada de los otros. Y confiesa que hoy sueña con retirarse y dedicarse a viajar por el mundo..

Actriz, conductora, personaje y candidata a diputada; figura importante en el cine, el teatro y la televisión. No importa el rol que le toque cumplir: Soledad Silveyra siempre buscará la manera de sacar a relucir esa fibra de mujer fuerte. Es una pequeña topadora, una laburante de toda la vida. Inconfundible con su cabello de ángel y su eterna sonrisa, Solita es la misma de siempre, pero a la vez es un poco otra. Pasada ya esa imperiosa necesidad de estar permanentemente en el candelero y al filo de la cornisa, la actriz luce hoy algo más calma, mucho más segura y –diríamos incluso– más superada. No tiene mañas de estrella, ni reparos en declarar sus 54 años o lo mucho que le costó dejar de fumar. Habla, habla mucho, pregunta a todos cómo están, se preocupa para que tengan su reparador café en esta tarde fría. Cuenta que hace unos días se resfrió, se le fue la voz y “por primera vez en 40 años de carrera tuve que dejar una función por la mitad. Fue horrible”.

Le suena el celular. Es uno de sus hijos, lo despide con un beso y le recuerda que riegue las plantas. “Podés creer–dice mientras corta y sigue maquillándose–, que le regalé unas plantitas divinas y ya están todas marchitas”.

Le pregunto por su corazón. Dice que está sola y “muy bien”, aunque luego agrega con un guiño: “Para ustedes el corazón implica tener o no pareja. Para mí, no”.

Después de grabar la versión mexicana de Amor en custodia, Soledad regresó ahora a su antigua pasión: el teatro. En plena gira con la obra Hasta aquí llegó mi amor, hizo un alto para hacer esta nota.

–Después de haber hecho cine, teatro, televisión, conducción, ¿que te da hoy más satisfacción?

–El teatro, sin lugar a dudas.

–¿Y eso por qué?

–Es el espacio en el que puedo elegir lo que quiero hacer. Porque en la industria grande no se elige nada, salvo que uno mismo se ponga a producir. El teatro permite una independencia mayor. Lo que sí es bastante difícil es encontrar una buena obra. Yo no hacía teatro desde Made in Lanús, y de eso hace ya tres años. Tuve algunas ofertas, pero no terminaban de convencerme.

–Si el teatro es lo que más disfrutás, ¿qué es lo que más te disgusta de tu profesión?

–Este trabajo me ha dado tanto que me cuesta pensar en algo que me disguste. Quizás lo que menos soporte sea la mala educación, o tener diferencias con los equipos de trabajo. A veces, los productores hablan de los actores como objetos, y eso duele. Es un círculo muy cruel éste, aunque, de alguna manera, todos los ámbitos lo son, ¿no? Pero esto es lo que conozco desde los 12 años y tampoco voy a renegar ahora. Les debo mucho a los actores argentinos, me formé en la televisión y no tengo ni un solo recuerdo ingrato, siempre me sentí respetada.

–¿Siempre trabajaste de actriz?

–¡Jamás tuve otro trabajo!

–¿Y cómo empezaste?

–Fue por casualidad. Zelmar Gueñol (integrante de Los cinco grandes del buen humor) era amigo de la familia, y él se divertía conmigo porque yo me encerraba en el baño y la imitaba a Pinky, o jugaba a representar grandes tragedias, muy a lo Antígona. Cuando tenía 12 años se murió el segundo marido de mi mamá, y fue terrible para todos: estábamos sin un peso y empezamos a vender todo lo que teníamos. Hasta entonces yo estaba acostumbrada a vivir muy bien, era una chica típica de Barrio Norte. Pero un buen día Zelmar me preguntó si quería ser actriz y le respondí: “Lo que yo quiero es ganar plata”. Me llevó a hacer una prueba y ahí nomás debuté en una novela con María Aurelia Bisutti, Rodolfo Salerno y Susana Rinaldi.

–¿Te costó empezar a trabajar desde tan chica?

–Para nada, al contrario: me hizo muy bien. Me sacó de ese infierno que era mi casa y me puso en el mundo, y gracias a Dios, el mundo me agarró con gente honrada y sensible. A los 15 años, pude volver a comprar los muebles de mi casa. Y todo sin problemas y sin traumas… bueno, algún trauma habrá quedado.

–Y a quién no… ¿pero cuáles son esos traumas?

–Soy demasiado independiente, me cuesta tener una pareja. No permito que nadie me pague nada, en ese sentido soy tremenda. Y creo que la verdadera independencia es la económica.

–Durante todo este tiempo te afirmaste en la cima de la popularidad, ¿cómo vivís eso?

–También hubo fracasos… y por eso son fracasos: la gente quizás ni se entera. La mía no fue una carrera fácil, en general las carreras de los actores no son sencillas. Estamos arriba, pasamos abajo, tenemos todo y después nos quedamos sin nada. Y al mismo tiempo está esa maravilla de sentarse en todas las mesas, de encontrarse con toda clase de gente. Es esa posibilidad de mantenernos en permanente contacto con otros, lo que nos da más sensibilidad, lo que nos enriquece.

–¿Siempre tenés tanta energía?

–La verdad que sí, soy un infierno. Además, tengo una terrible autocrítica. Pero eso me ha dado buenos resultados, porque cuando llega la crítica ya me pegué tanto a mí misma que nada me duele.

–Igual, en general, los medios te han tratado bien…

–Es cierto.

–¿Hay algo que hayan dicho sobre vos que te molestara especialmente?

–Me fastidia un poco cuando pasan una y otra vez la imagen de cuando me emborraché en la ceremonia de los Martín Fierro. Me dan ganas de decirles: “Che, tampoco soy una borracha”. El otro día Roberto Petinatto decía: “Vino, vino Silveyra”, ¡que horror! (se ríe) Me quería morir.

–Igual empezaste de tan chica… ya estarás acostumbrada a que parte de tu vida siempre esté sometida al ojo público.

–Sí, y justamente por eso hay que tener mucho cuidado, sobre todo cuando aparece una nueva pareja. Si conocés a alguien –a una persona que no está con vos por la foto (porque también están los que van por la foto; sin embargo, por suerte ya aprendí a percibir eso inmediatamente)– al principio puede ser muy complicado. Imaginate que es difícil ir a lugares públicos, pero una tampoco puede ir a los dos días al departamento del señor en cuestión. En ese sentido, la fama no es fácil. Además, necesito a un hombre muy seguro de sí mismo, alguien muy bien parado para que no le moleste cumplir a veces el papel de príncipe consorte.

–¿Qué te dice la gente?

–Es divina la gente. Adoro salir a la calle, no me protejo ni me produzco para salir. Eso es lo que me gusta de la juventud de ahora, está cada vez más desacartonada.

–Y hablando de la juventud, vos justamente supiste llegar a todos los públicos.

–Eso es muy lindo. Hice cosas para chicos, para adultos, para jóvenes. Por la calle me hablan a veces de Rolando Rivas y otras de Gran Hermano.

–¿Cómo fue conducir Gran Hermano?

–Fue fuertísimo, una experiencia muy dura pero bonita, y eso que me criticaron mucho, hasta mis compañeros. Me costó tomar la decisión de hacerlo, pero seguí el consejo de mi hijo mayor y de Claudio Villarruel, me lancé y hoy no estoy arrepentida.

–¿Lo difícil fue mostrar otra faceta?

–Sí, eso fue un trabajo muy duro, además, se trataba de un formato muy polémico. En esa época me quedaba hasta cualquier hora viendo el programa, ¡me sabía todo! Me lo tomé muy en serio.

–Aparte de actuar ¿qué más te gusta hacer?

–Me gusta cocinar y también me encanta leer. Vivo en un lugar muy agradable y adoro quedarme mirando el horizonte. Ultimamente aprendí a valorar la naturaleza. Antes no le daba importancia, y ahora sólo observarla me conmueve mucho.

–¿Proyectos próximos?

–Vamos a empezar una novela nueva antes de fin de año, pero todavía no puedo contar mucho más.

–¿Y desafíos? ¿Hay algo que nunca hiciste y te gustaría encarar ahora?

–La verdad que el único desafío que tengo en este momento es dejar de trabajar, lo que pasa es que no junté para la vejez, y en este país no es fácil retirarse. Lo bueno es que se me pasó toda esa cosa del ego, de la necesidad de la exposición y el aplauso. Estoy con ganas de estar tranquila, me pondría una mochila y me iría a viajar por el mundo. Eso: me gustaría parar un rato. Pero hay que trabajar, este es un buen momento y, como diría mi abuela: “hay que aprovecharlo”.

2007-10-10

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