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"Made in Lanús"
Los argentinos que siguen de pie
A 16 años de su estreno, la obra de Nelly Fernández Tiscornia, con excelentes actuaciones de Soledad Silveyra, Hugo Arana, Víctor Laplace y Ana María Picchio, volvió a conmover por su vigencia y desgarrador testimonio.
"Por la verdad que hay en sus diálogos, por la perfecta elaboración de los personajes, por la enorme carga emotiva que se desprende de cada una de las situaciones y por la perfecta armonía entre lo cómico y lo dramático, `Made in Lanús' es una de las grandes obras del teatro argentino de estos tiempos". De este modo saludó la crítica en el verano de 1986 el estreno de esta pieza de Nelly Fernández Tiscornia, cuyos roles protagónicos, entonces, estuvieron a cargo Leonor Manso, Luis Brandoni, Marta Bianchi y Patricio Contreras.
El gran hallazgo entonces tenía que ver principalmente con la anécdota, el permanecer o irse del país, como resultado de los años oscuros que terminaron diezmando por exilio o muerte a miles de argentinos.
Recordada por su vibrante y encendido alegato en favor de la búsqueda utópica de la conciliación nacional, "Made in Lanús" se convirtió por aquellos años en una demostración de cómo el teatro podía asumir la palabra de miles de seres anónimos que ideológicamente transitaban por el mismo criterio. No obstante las dificultades, incertidumbres, dolores y la sensación de desamparo e injusticia, los personajes sentían a través del texto dramático que valía la pena afrontar el desafío y permanecer. Hacer patria en un lugar donde el patriotismo sólo era una exclamación vociferada por muchos a los cuatro vientos, y sentido, respetado y ejemplificado por pocos.
Pasaron muchos años de aquella fecha. Argentina conoció otras experiencias, algunas positivas y otras olvidables. También la democracia reemplazó a los gobiernos militares de turno, y con ella los nombres de gobernantes que fueron hilvanando episodios tan críticos como insensibles. Como resultado de ello, el país aparece a la vista de la inmensa mayoría de ciudadanos como una nación sumida en una de las crisis mayores de su historia. Como algunos años atrás, el descontento, la sensación de impotencia y desamparo volvió a instalarse en los argentinos. Y con ella, otra vez el dilema de ser o no ser. Quedarse o irse.
Adecuada en sólo algunos diálogos, "Made in Lanús" volvió a escena. Y después de una exitosa temporada en Mar del Plata inició una gira nacional que llegó el miércoles a Luján, precisamente al Teatro Municipal "Trinidad Guevara", donde se instalaron por espacio de dos horas sus cuatro protagonistas, Soledad Silveyra, Hugo Arana, Ana María Picchio y Víctor Laplace.
SU VIGENCIA
Resultó conmovedor acercarse una vez más al texto de Fernández Tiscornia. Hoy como ayer, la gran incógnita de muchos sigue siendo qué hacer frente a una situación que día a día empeora ante la ignorancia de sus dirigentes. Pero también sobrevuela en todos el por qué a nosotros: qué hicimos para merecer esto, para ir desmoronándonos lentamente hacia un abismo e infierno incomprensible. Estas y otras preguntas que surgen a borbotones en la calle, en un lugar y en otro de nuestra geografía, vuelven a encontrar en "Made in Lanús", no ya la respuesta, sino el incentivo para demostrar al mundo que, no obstante todo, algún día, otro será nuestro destino.
Lo expuesto, aunque simples palabras que pueden tildarse de sentimentalismo o vulgar idealismo, encuentran en la expresión de los actores un territorio donde los sentimientos vuelan para instalarse en cada uno de los espectadores, sacudiéndolos y volviéndolos a reencontrar con el ser argentino puro, verdadero, que hoy por hoy es casi imposible de hallar.
Aquí radica el nudo extraordinario que vuelve al mensaje de esta obra como algo efectivo e inolvidable. Como un puñal asestado en el pecho de todos, los personajes envueltos en su humildad y sencillez, despiertan el más hondo sentido de patria, pero sin el autoritarismo impuesto desde arriba. Surge natural, como los olores, la gente, las caricias, el sentido de pertenencia que se lleva consigo como algo natural e imposible de modificar. La luz al final del camino aparece y, con ella, los ojos humedecidos de los cientos de espectadores, reencontrados con una magnífica manifestación que llega, como ayer, en un momento oportuno.
LA PUESTA EN ESCENA
Manuel González Gil tuvo a su cargo dirigir esta nueva versión que sumó en algunos segmentos las voces musicalizadas de Eladia Blázquez, Raúl Lavié, Guillermo Fernández y Julia Zenko.
El mismo patio y cocina soñado por la autora fue otra vez el marco elegido para mover los personajes, que, como en un tablero de ajedrez, encontraron la combinación exacta y precisa para que el sentido dramático vaya progresando con el avance del relato.
El director sugirió y supo encontrar los detalles justos para pintar cada una de sus criaturas. Un golpe en la espalda, un abrazo, una caricia, una mirada, la invitación a un café. Como un aceitado mecanismo de relojería, los ademanes y movimientos convirtieron -más allá de la palabra- el deambular del cuarteto en una sinfonía que, con sus particulares vaivenes, tuvo sus momentos plenos de pianísimo o de arrebatados forte.
Soledad Silveyra fue la Yoly; Hugo Arana, "el Negro", su esposo; Ana María Picchio, su hermana Mabel, y Víctor Laplace, su esposo, Osvaldo.
Hablar de los quilates de estos cuatro actores es valorar cada una de sus aristas, de las infinitas posibilidades y matices de que son capaces de vestir a sus personajes. Sin distinción y por sobre las virtudes que el texto procura a cada uno de ellos, todos supieron encontrar la veta para asumir el rol del modo más convincente. De pronto ya no estaban ni Silveyra ni Arana, ni Picchio ni Laplace en escena. Eran los personajes de carne y hueso que, como desprendidos de un libreto, se corporizaron para transmitir ese hálito de esperanza que encierra "Made in Lanús".
Sería imposible no hablar de la pieza como uno de los hitos del año en materia teatral. Por su vigencia, por su mensaje, por la excelencia de los actores y por el magnífico momento que deparó. Por estas y muchas otras razones, la recuperación para la escena de la obra de Fernández Tiscornia será inolvidable.
http://www.elcivismo.com.ar/edicion/6800/esp01.htm
11.12.2001
REGRESA UNA OBRA QUE FUE UN EXITO EN LOS OCHENTA
El karma de vivir al sur
Hugo Arana, Ana María Picchio, Soledad Silveyra y Víctor Laplace ensayan una obra que recuperó actualidad, Made in Lanús. ¿Irse o resistir? La estrenan en la temporada marplatense.
CAMILO SANCHE
Hugo Arana para distenderse, en un rincón del escenario, hace jueguito con una pelota de fútbol, siete, ocho y nueve, hasta que se le pianta por un costado, entre bambalinas. Vuelve de allí con una certeza. "Yo puedo hacer del Negro porque en la historia gana la Yoli", dice, y asegura que nunca tuvo la idea de irse del país. Alguna vez, en 1999, cuando llevaba siete meses de trabajo en España, se lo preguntaron en serio y él, que andaba bien y con trabajo, contestó que no, que jamás se quedaría. Y cuando lo interrogaron un poco más, cuando le pidieron razones, Arana dijo, sencillamente, que en España no había paraísos.
Los paraísos o los infiernos dependen de ti, Hugo, hay que dar la pelea y los paraísos aparecen le dijo, entonces, amigable, un productor español.
Pero no, hombre, los paraísos son unos árboles que dan una sombra muy leve. De los árboles estoy hablando...
El árbol, desde entonces, se le convirtió a Arana en una especie de símbolo: el paraíso que perdería si se tuviera que ir. "Es más —apunta— en aquella charla de lenguajes cruzados entendí que, si existe, el paraíso va a tener que crecer en esta tierra, no en otro lugar".
Ahora, con el ensayo resuelto, Hugo Arana acepta que hay momentos en que el personaje del Negro se le escapa de las manos. Hay un instante, cuenta, que debe tratar de convencer a la Yoly, a su esposa, que no quiere saber nada de quemar las naves y salir en busca de los Estados Unidos. "Qué sentido tiene quedarse en un país que ya no existe", dice el personaje, pero la persona no da con el tono. La pena verdadera de Arana le gana a la bronca ficticia del Negro. Y el tipo, que además nació en Lanús, trastabilla, en escena y fuera de ella, y tiene que apelar a la distancia actoral y todavía no lo logra.
Todo esto lo cuenta en la platea, a media tarde, cuando se suceden, unos tras otros, como ganchos al hígado, planes económicos que duran, 48 ó 72 horas, y la voz a Hugo Arana se le afina hasta la carraspera inevitable. "Más cosas suceden afuera, más tengo ganas de hacer esta obra", dice, y los ojos se le ponen vidriosos por algún exceso de ira o resignación.
En una escenografía de ocasión, Arana, Ana María Picchio, Soledad Silveyra y Víctor Laplace acuerdan con el director y adaptador Manuel González Gil sobre la impronta actual del texto más vital de Nelly Fernández Tiscornia. Una obra que tras las largas temporadas encabezadas por el equipo Brandoni—Bianchi—Contreras—Manso, y la película que con el mismo elenco realizó Juan José Jusid, parecía haberlo dicho todo. Idea que se desbarata mientras posan para las fotos. "Habría que aclarar que pueden pagar la entrada con dólares o patacones", grita Arana, imaginando los futuros lectores. "Con ropa vieja", agrega la Picchio. "Con harina o arroz", remata Laplace. Y sonríen, por no llorar.
"Tengo la sensación —dice Ana María Picchio— de que estamos haciendo un manifiesto, una catarsis". Ella será Mabel, la que vuelve, con plata y resentimiento, de los Estados Unidos con ganas de llevarse a su hermano, el Negro. "La entiendo, claro que la entiendo, como entiendo a esa especie de Pacha Mama que es la Yoly, que cuando todo parece perdido surge para decir que ella se queda aunque sea para cuidar a los muertos".
La Picchio, que ha quedado como tantos con mis tres mangos de ahorro engrampados en un banco, dice que ella tampoco tiene adónde ir. "Yo me quedo porque tengo que cuidar la parra, llevarle una flor a mi vieja al Jardín de Paz. Pero entiendo a los que se van. ¿Con qué cara uno se planta ante un hijo para decirle que no, que vos de acá no te movés?", se pregunta, y no habrá ninguna respuesta.
"A ver la gente de Clarín que tenemos que seguir con el ensayo", reclama, desde el escenario, Soledad Silveyra. "¿De Soledad o de Joly?", pregunta después al fotógrafo, y se cambia, entonces, el batón por una remera de escote generoso y el pañuelo en la cabeza por un sombrero clarito, de ala ancha.
Enseguida baja a la platea. "La tengo transitada a la Yoly", dice y recuerda un unitario televisivo producido por Omar Romay, donde ella se transformó en la mujer que dice que no, que a Estados Unidos no, que se queda en Lanús. Respetuosa del trabajo que supo hacer Leonor Manso, ella alquiló este fin de semana la película para verla de nuevo, pero no cree que haya que buscar el personaje basándose en la construcción de otra actriz. "Prefiero aprovechar mis recorridas por Florencio Varela", dice.
Todos las semanas, la Silveyra asesora un grupo comandado por Eloísa Primavera —a quien pide que se la nombre— que promueve el trueque en el barrio. "Esas mujeres —cuenta— no tienen lugar para el llanto, y sí tienen espacio para una dignidad elogiosa y unas ganas de vida muy fuertes. Eso es la Yoly, una mujer que se planta en el momento exacto y dice basta."
Como muchos, también Soledad Silveyra, que declaró por todos lados que por fin había ahorrado un dinero con Gran Hermano, se ha quedado de golpe con la sensación de no tener un peso. No quiere ahondar demasiado, y sonríe. Ella habla, casi, con las palabras que recién se escucharon en el ensayo y dice que este es un país donde suceden tantas cosas que hay demoras en el darse cuenta. "La Dictadura y su tendal de muertos, las Malvinas, la frase Felices Pascuas, el remate de lo que era nuestro, la convertibilidad y los 250 pesos por semana. Demasiadas cosas para un solo país", dice.
Está preocupada por mantener el fuego en escena. En una charla con el director y adaptador Manuel González Gil, Soledad Silveyra pregunta si habrá, al final, cuando baje el telón, una música que levante. "El otro día una asistente se largó a llorar en la platea. Y yo le preguntaba, ansiosa, si era un llanto de angustia o un llanto de alivio. Me alivia, me alivia dijo entonces y yo me quedé mas tranquila".
Es que la gola se va / y la fama es puro cuento / andando mal y sin vento / todo, todo se acabó, entona Víctor Laplace, entre una escena y otra, caminando lento por los pasillos del teatro. Y no logra convencer a Arana que una madrugada en que Julio Sosa cantó en su pueblo, el joven Laplace lo escoltó por bodegones en la noche de Tandil. "Como mi personaje, estuve cinco años en el exilio, en México. Y fueron los peores de mi vida", dice, cuando habla de sí mismo y de Made in Lanús.
Laplace explica que el grupo cree en la obra, tanto que no es tan fácil que cuatro figuras se sumen a un proyecto a porcentaje, a todo o nada. "Es una manera de apostar", argumenta. Aunque Ana María Picchio, enseguida, corregirá sobre la marcha. "Es que por otra parte hoy no hay —dice— casi otra forma de encarar un proyecto teatral."
Manuel González Gil cierra su notebook, con la que comanda el centro del escenario, y es como decir que el ensayo ha terminado. Define a Made in Lanús como una obra con una actualidad tremenda. Y dice que lo atractivo, dramáticamente, es que los cuatro personajes tienen razón. "Y está el patio, ese patio tradicional, donde la obra se comprime, un patio que se parece a un cuadrilátero de box".
Arana llega para saludar y viene con algo más para decir. "En Lanús terminé mi infancia. Llegué a los 12 y me fui después de los 20", apunta. Y, como dato, para apuntalar la importancia del lugar, dice que le quedan de ese tiempo los dos grandes amigos de su vida: Jesús Berenger, actor, y Carlos Herrera, arquitecto.
"Y ahora, a los 58 —dice— debería estar transitando el camino de la adultez. A veces pierdo ese camino, se me escapa, tengo dudas, no lo encuentro. Y muchas veces pienso —apunta, junto a la única carcajada de la tarde— que si me hubiera quedado en Lanús ya lo hubiera encontrado".
http://www.clarin.com/diario/2001/12/11/c-00611.htm
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