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”Perla”
Se estrenó Perla, la comedia del brasileño Mauro Rasi protagonizada por Soledad Silveyra.
OLGA COSENTINO
El indiscreto encanto de la clase media en los años 50 resplandece con las mejores galas de su tierna vulgaridad en Perla, la comedia del brasileño Mauro Rasi que se estrenó ayer, con Soledad Silveyra en el papel protagónico.El espectáculo describe con sinceridad el paisaje de colores y diseños ostentosos e ingenuos con que las familias de origen inmigratorio (en este caso, italiano) buscaban hacer explícito el progreso económico que -si les tocaba- sentían como la materialización del sueño de fare lAmerica, acariciado por sus padres gringos. El personaje que da nombre a la obra es la columna vertebral de la anécdota: una suerte de madre y esposa Coraje, que protege como puede a su familia, persigue con obstinación el signo de status que representa la construcción de una piscina, niega mientras puede sus frustraciones y se apoya en el escobillón, en el alcohol y en sus delirios de grandeza para resistir las hostilidades de una realidad a la que desafía más allá de su propia muerte. A cargo del papel, Soledad Silveyra ratifica sus condiciones de comediante y, sobre todo, su especial sensibilidad para dar carnadura a esas criaturas que sobreviven a los desafíos de la vida cotidiana con dosis parejas de optimismo e inconsciencia.Los demás personajes reciben de sus intérpretes, en general, una buena definición. Juan Manuel Tenuta -acaso demasiado parecido a sí mismo- entrega la bondadosa y creíble torpeza que reclama su Aldo, el marido. Como Norma, la hermana lisiada e insidiosa de la protagonista, Tina Serrano maneja los claroscuros de su personaje con un humor esperpéntico que arranca las carcajadas más francas de la platea. Claudio Da Passano caricaturiza con exuberancia corporal y vocal al novio y luego marido de la nena: el chanta, machista y vividor que decidió salvarse como pastor electrónico de una secta protestante (un simpático y deliberado anacronismo). Pablo Rago como Emilio, el hijo, se ve algo inseguro en las escenas del comienzo pero se afianza después. Es el narrador cuyas evocaciones ponen en marcha la historia y, a la vez, la víctima más consciente de los desatinos de su inimputable familia. Menos logrado resulta, en cambio, el personaje de Elisa, la hija, a cargo de Laura Azcurra.Si bien el texto resulta iluminado por una cantidad de hallazgos tan pintorescos como reconocibles sobre la gente común, el hilo de la anécdota deja algunas puntas sueltas (no queda bastante claro, por ejemplo, cuál es la tragedia que se anuncia al principio; ni el protagonismo de la piscina; ni las consecuencias de los errores familiares en la vida afectiva del hijo).En cambio, la puesta en escena, que como en Brasil dirigió el mismo Mauro Rasi -y a la que María Julia Bertotto añadió una escenografía y un vestuario de imaginativo sello kitsch- dio a la obra el tono latino que reclamaba. En ningún momento la dirección cae en la elegancia light de la comedia norteamericana, ni se priva del trazo grueso que tanto en la comicidad como en las instancias sentimentales acercan el estilo al grotesco. Los personajes hablan todos juntos y a los gritos, se quieren o se detestan con desmesura digna de mejores razones y no omiten ninguno de los lugares comunes capaces de explicar mejor que cualquier discurso sociológico los secretos y mentiras, las miserias y grandezas de la gente como uno.
12.02.1998
http://www.clarin.com/diario/1998/02/12/c-00401d.htm
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